miércoles, 11 de abril de 2007

Hammam

[primer día, Chauen, 1-04-2007]
Mientras Guti insiste en pasar aunque aún estén las mujeres, siempre en broma pero siempre con un "por si cuela" en cada frase, la encargada del hammam lejos de escandalizarse se ríe, lo hace porque no tiene más remedio, porque Guti es simpatía en persona y porque las personas, aún ataviadas con pañuelo islámico y largas ropas expresamente diseñadas para ocultar toda forma, no somos más que personas en cualquier rincón de este ancho mundo. No es la hora todavía, y es que con las prisas del viaje hemos olvidado cambiar nuestros relojes, una hora menos en Marruecos, no, una no, ¿dos horas menos?, claro, aquí no hay horario específico de verano y nosotros cambiamos el nuestro peninsular hace pocos días. En lugar de haber rotado el turno ya como todos pensábamos falta aún una hora para nosotros. El hamman va por turnos, las mujeres durante las horas centrales del día, los hombres tras el atardecer y en las primeras horas de la mañana; ahora siguen ellas, hasta las ocho, son las siete en Marruecos, las nueve en España; aún siguen ellas ocupando el espacio público más privado de la morería, unas junto a otras, cuerpos tamizados por el vapor, el lugar más íntimo de sus vidas, calidez que reconforta el alma entregada a la amiga, tal vez por un instante a la amante prohibida, comunidad, complicidad, miradas que se dirigen al interior mientras el contacto físico, sencillo, el único que resulta preciso, acentúa los mensajes. Nuestras compañeras, extranjeras como nosotros, ya han pasado hace un rato, nos esperarán en el lugar donde hemos quedado para cenar, llegaremos tarde, no hay remedio, suponemos que ellas se habrán dado cuenta del cambio de horario. Mientras hacemos tiempo, en Chauen sigue lloviendo, la impresionante barrera del Rif desgarra las nubes que acaban de atravesar el Estrecho y el frío atenaza nuestros huesos, no esperábamos este tiempo en África, Samuel se ha constipado nada más pisar tierra marroquí y muy pronto caeremos otros.
Por fin llega la hora. Entramos expectantes. Ya no está la encargada del turno de mujeres y en su lugar nos reciben dos personajes masculinos que nos indican dónde tomar una toalla si no la has traído, dónde dejar la ropa, nos preguntan si queremos masaje, si desearemos un zumo de naranja al salir, nos informan de los precios de cada cosa, de las normas básicas. Una vez despojados de nuestra artificial indumentaria (artificial por definición de indumentaria) entramos en la primera estancia, en la segunda, y por fin nos vemos bajo la bóveda perforada de la sala principal del hammam, donde los vapores nacen en una fuente de agua que se calienta hasta casi la ebullición en un espacio cercano, probablemente a base de paletadas de leña; las tuberías recorren el suelo, que arde bajo nuestros pies, nos tumbamos sobre él, la piel contra las baldosas calientes, no sin antes dar un breve respingo; un compañero acepta un cubo con agua que proporciona un encargado, agua caliente que purifica, arroja ese agua sobre tu cuerpo que vuelve a estremecerse ante el pulso de temperatura, agua de fuego que al principio parece insoportable, luego algo caliente, al final agradable. El calor húmedo del líquido y de sus vapores va caldeando todos los poros de nuestra piel cansada de viajeros, los cuerpos de los compañeros y también los de los hermanos marroquíes que reposan junto a nosotros. Apenas llamamos la atención, el trato al extranjero es idéntico al que se da al propio, la piel semidesnuda es la mejor receta para hacer indistinguibles las almas. Uno a uno, por turno, vamos pasando a la estancia adjunta, la habitación con la temperatura intermedia. Allí, un masajista, de piel y de huesos roídos por la edad pero con la fibra persistente como en el mejor momento de su vida, nos ordena mediante gestos cómo debemos colocarnos. Primero, boca abajo, la piel vuelve a estremecerse, esta vez ante la temperatura inferior del suelo embaldosado, él toma una esponja o estropajo y recorre frotando todos los centímetros de tu piel excepto los estrictamente íntimos, restregando enérgicamente, arrancando vestigios epidérmicos, un estropajo purificador y hermanador, usa el mismo para todos tras un leve enjuague. Prácticamente en ningún momento se percibe la más mínima sensación de escrúpulo, al menos no una vez que la relajación se ha apoderado del espíritu. Después, media vuelta y nueva refriega por el otro lado. Además de la limpieza, el masajista te proporciona algunos ejercicios de flexión y extensión, primero las piernas, que sujeta con firmeza, las abre hasta el límite de tensión, hasta una posición perfectamente medida, o las dobla hacia atrás, luego los brazos, hacia atrás, hacia delante, hasta terminar la sesión con un breve tirón de vértebras cervicales, las manos situadas en la nuca, un crujido de la columna vertebral que la prepara de nuevo, reiniciándola, eliminando las tensiones del día. El baño prosigue un poco más, entre jarreos de agua caliente, o templada, entre camadería y vapor. Hay dos grifos, uno de ellos de agua fría, y el líquido se puede mezclar en los cubos hasta obtener la temperatura deseada, algunos se atreven al final con el agua recién nacida en las montañas rifeñas, nuevo estremecimiento, esta vez despejador, revivificador, contraste de temperaturas, despertar a la vida, hasta que empezamos el pausado peregrinaje inverso, primero la sala intermedia, de temperatura intermedia, luego la sala primera, de temperatura menor, secamos nuestra superficie revivida, comprimimos suavemente nuestros músculos aún seducidos por el calor físico y humano del baño y, justo antes de apretujar las almas, salimos a la estancia exterior, nos volvemos a vestir, salimos a la calle, llueve, sigue lloviendo, el empedrado antiguo de las calles de Chauen brilla bajo la humedad de la lluvia africana y mediterránea, pero los cuerpos reconfortados caminan por las callejuelas blancas y azules, azules y grises, como si no existiera la temperatura, como si la climatología entera no tuviera que ver con nosotros, como si bajo el cielo negro desgarrado no hubiera más cosa mas que la propia humanidad entrelazada, toda ella única, ajena a lo demás e inmutable.

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2 comentarios:

Blogger Esther ha dicho...

Autor: Anónimo

Si sigues escribiendo así da vergüenza escribir algo. Aún así, lo intentaré....creo
Fecha: 10/04/2007 11:51.


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Autor: Julio

Joer, ya estamos. Aquí cada cuál que escriba con su estilo, o que ponga la chorrada que se le ocurra. Nada de complejos, o no arrancamos. ¡Vamos!
Fecha: 10/04/2007 11:56.


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Autor: Silvia

me embobo al leerlos y "me se vá la inspiración"....
Fecha: 10/04/2007 16:03.


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Autor: Julio

Pues escribe primero, y luego lees, jaja...
Fecha: 10/04/2007 16:10.

13 de abril de 2007, 20:23  
Blogger Silvia ha dicho...

"El hammam,en los ojos de una mujer"

Un buen lugar, como persona, para conocer parte de las costumbres de las gentes de Marruecos.
Un lugar perfecto, como mujer, para conocer el sentido de la palabra LIBERTAD.

9 de mayo de 2007, 22:57  

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